Puta o hijadeputa

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Hace unos días, leí unas estadística según la cual, el 86% por ciento de los hombres confunden la amabilidad femenina con coqueteo. Eso me dejó pensando, pues, como es habitual en mí, lo enlacé con otras reflexiones, pensamientos e ideas latentes en mi cabeza. Y es que es cierto, eres amable y muchos hombres entienden “disponible”. Es como el hecho de estar soltera, separada o divorciada (con las viudas es distinto, se presupone que han perdido a “su hombre” y están de luto, es muy distinto habitualmente, aunque es cierto que a veces no), si no tienes “un hombre”, muchos hombres automáticamente te toman como un objeto disponible a su alcance, como un producto que está disponible en una estantería, inmóvil, esperando a que llegue alguien y, simplemente, lo coja y se lo lleve. Objeto pasivo que espera pacientemente de forma inmóvil ser rescatado del lugar en que se halla, estanco y sin que se le preste atención.

Esto me ha recordado los tiempos en que las mujeres llevaban esos apretadísimos y horribles corsés que las asfixiaban y sufrían frecuentes desmayos. Estaba socialmente prohibido que una mujer se levantara sola tras un desvanecimiento, por lo que debía esperar, paciente, pasiva y dependiente, a que un hombre la levantara del suelo. Las guapas no permanecían mucho tiempo en el suelo, es fácil de imaginar. Pero las feas o las gordas podían morirse de asco, desvanecidas, sin que  nadie las levantara. Éste es un ejemplo gráfico más de cómo se enseña a hombres y mujeres, que las mujeres deben esperar, paciente y pasivamente,  a ser rescatadas y salvadas por un hombre. Ahí tenemos a nuestras archiconocidas Cenicienta y Bella durmiente, grandes clásicos destructivos de la autonomía femenina. Si bien, no son los únicos. Eso de cenicienta y el príncipe azul da mucho, pero que mucho de sí.

Volviendo a la mujer objeto-producto, que está esperando ser salvada, ser cogida, a disposición del hombre que quiera cogerla, de la estantería metafórica en la que supuestamente se halla, a esto, hemos de añadir los conceptos de “ganga” y “ser un hombre”. A muchos hombres les estimula la idea de creer que han llegado los primeros, que son audaces, que han descubierto algo que, o bien otros no han descubierto antes, o bien no han llegado a tiempo. No sé si se sienten más machotes así. Este es el caso en el que se encuentran muchas veces las mujeres separadas, a las que, sin hacer nada, se les pegan los hombres como moscas, en ese intento de ser los primeros en llevarse el caramelo a la boca. Porque ese caramelo recién separado está deseoso de ser rescatado de una supuesta desesperación de la que ese hombre machote la va a salvar. No es menos relevante la idea subyacente del “ser hombre”, del ser macho. Porque claro, un hombre que se precie y tenga una mujer “disponible” cerca y no intente algo con ella, ni es un hombre, ni es nada, faltaría más. No es “macho” y, según parece, esa confusión es el mayor espanto para un hetero.

Si yo te contara… Y  claro, llegados a este punto, ¿qué opciones le quedan a una  entonces? Básicamente, aprender a ser antipática y desagradable, lo que coloquialmente se conoce como “borde”, para que entiendan tu no disponibilidad y que no estás interesada en absoluto. Porque, claro, a esas alturas, ya has podido comprobar que los rechazos amables no sólo no funcionan, sino que son interpretados por el macho como una invitación a seguir intentándolo. Como si le dieras un Red bull a una mosca cojonera Porque, ay de ti, pobre criatura, como se te ocurra ser amable si estás soltera y más aún, peor todavía, te acabas de separar…

Hace años, tenía en mi cartera de clientes a varios cuarteles y bases militares. En uno de ellos, había una cabo que era lo más antipático del mundo. Yo no entendía por qué era tan antipática, al igual que no entendía por qué los militares masculinos eran tan babosos conmigo. Un día, le pregunté por la cabo al brigada que era mi interlocutor y me dijo:

– Ésta cabo, cuando llegó me dijo, “mi brigada, al entrar en el ejército entendí que, aquí, si no quieres que te tomen por puta, tienes que ser una hija de puta”.

Por aquél entonces, creí que definitivamente, esta chica era una borde y tenía algún trauma. Yo seguía siendo amable y apartando moscardones y algún que otro abejorro. A día de hoy, ya he entendido que la cabo tenía más razón de la que yo pude jamás imaginar.

Durante mis últimos 12 años de trayectoria comercial, me he movido en sectores eminentemente masculinos en los que, además, la mayoría de interlocutores, compañeros, jefes, técnicos… eran y son hombres. Siempre me había costado entender ciertas actitudes. Hoy ya las he entendido.

Históricamente, me he caracterizado por ser una persona amable, atenta y sonriente. Siempre cuidando de mis clientes, de mis compañeros, de mi entorno en general, con una sonrisa y mirada franca. Y me dolía observar ciertas actitudes que no entendía. Y es que, definitivamente yo era demasiado amable, sonreía y miraba a los ojos y eso, en idioma masculino, era entendido simple y llanamente como  una clara invitación, muestra de mi disponibilidad y como era en mí una actitud constante, me convertía en puta.

Partamos de una realidad innegable que es, que en el entorno laboral, el trabajo de una mujer no es valorado como el de un hombre. Siempre es visto con escepticismo, es cuestionado y tiene que demostrar una brillantez desmesurada para ser considerado al nivel del compañero masculino más paleto que tenga. Partiendo de esto, las cosas ya de por sí son complicadas.

Si añadimos el triste hecho de que las mujeres somos consideradas aún a día de hoy objetos más que sujetos y en particular, objetos sexuales para uso masculino, en teoría creadas para el disfrute y deleite del hombre (hasta hay quien dice que a la primera mujer la sacaron de la costilla de un tío), se va complicando todo aún más. Pues tu trabajo se ve como algo anecdótico, divertido, como un juego, como algo que no es serio, que es el complemento del verdadero trabajo, que es el masculino.

Si encima resulta que eres comercial, que los comerciales, ya lo sabemos, tienen una ristra de doscientos sambenitos en sus cabezas, vamos enredando más el tema. Si eres comercial mujer, está claro que te acuestas con tus clientes, que vendes porque estás buena y que en realidad no trabajas, te levantas por la mañana, te arreglas y el trabajo se hace sólo porque tienes tetas. Es lo que tiene ser mujer, teniendo tetas, no trabajas, es tu cuerpo el que propicia el gran milagro, el que consigue sin esfuerzo todos los resultados, solo al mostrarse. Es como una revelación, una aparición divina, los clientes te ven, caen subyugados y compran, sin más. No te hacen falta conocimientos ni habilidades ningunas, experiencia ni capacidad de trabajo, nada. Paseas tus tetas y el trabajo se hace solo. Y esto, lo piensan muchos de tus compañeros, lo piensan muchos de tus clientes y los piensan muchos de tus jefes. Básicamente porque quienes piensan esto, no son capaces de mirarte y verte como una persona, sino que te ven sólo como un par de tetas. A veces no en un nivel consciente, pero que se traduce en actitudes que denotan esto de fondo. Tu trabajo carece de mérito y no es reconocido. No se le otorga profesionalidad. Es invisible. Otras veces te lo roba un compañero o un jefe. Sólo es visible tu condición de mujer, de par de tetas con toda su carga y sus cargas, sexuales, socialmente atribuidas.

Ya ni qué decir tiene, si eres mujer, separada, comercial, con un físico agradable y simpática. Esto se resume en “eres más puta que las gallinas”. Y nadie hará concesiones, nadie te perdonará y tardarás años en conseguir que haya alguna persona que no te vea así. Sambenito va, sambenito viene. O puta o hija de puta. Y tú, sigues siendo amable. Pero qué puta…

Así que, tú, ajena a estos devenires de la vida, vas con tu sonrisa cada día a trabajar y no entiendes de dónde coño viene esa hostilidad de algunas compañeras, ese baboseo de algunos compañeros, ese recelo de otros, las risitas y bromas de mal gusto de algunos y ese menosprecio generalizado a tu trabajo.

Clientes que te hacen proposiciones inapropiadas, a veces sutiles, otras descaradas, a veces ofensivas,  jefes que te persiguen noche y día y compañeros que crees que lo son y resulta que sólo esperaban echar ese polvo, que en la porra entre compañeros habían apostado (porque sí, es una tónica aún habitual, hacer apuestas a ver quién será el primero en acostarse con la nueva comercial). Tú, a veces hueles algo y desconfías, pero otras no. Y la realidad, te mete una hostia gordísima, un “zás, en toda la boca”. Y sigues sin entender qué pasa. Nadie te lo explica. Sigue pasando y no entiendes nada. Sigues siendo amable. Hala, qué puta, con esa sonrisa… Y sigues pensando y repensando. Y no entiendes nada.

Vas cambiando tu forma de vestir, acabas con pantalón, camisa por fuera, casi sin maquillar, sin adornos, sobria, como una monja, incluso puede que algo masculina y sigue pasando. Piensas en ponerte un burka y esconderte bajo la ropa, casi lo haces y sigue pasando. Adelgazas para que se te vea menos, hasta quedarte sin tetas, sin curvas, las escondes, te escondes tú entera, bajo un cuerpo andrógino, bajo la ropa, en el silencio, la no expresión, bajo la distancia de seguridad que te separa y cada vez haces más grande. No sabes cómo cojones “haces” (aún asumes que lo haces tú), para provocar este tipo de reacciones, llegas a creer que realmente es culpa tuya, que algo estás haciendo… hasta que reaccionas y dices ¡basta! Te han tocado las narices y te cabreas. Te cabreas de puro cansancio mental. Y te plantas. No te lo crees y empiezas a pensar. Es entonces cuando recuerdas aquella conversación, aquella fatídica conversación donde tu mejor amigo, ante este lamento tuyo te respondió:

– Párate a pensar que mensaje estás transmitiendo para que te pasen estas cosas.

Qué mensaje estás transmitiendo… Qué mensaje estás transmitiendo… Qué mensaje estás transmitiendo… Diez años después, estas palabras aún resuenan en mi cabeza. Sin entrar en el dolor y la decepción que supuso recibir esas palabras y constatar que el patriarcado más feroz anidaba en mi mejor amigo y me culpaba a mí de este sin sentido, realmente me quedé pensando, “¿yo transmito un mensaje?, ¿yo?, ¿por qué?, ¿qué mensaje?, ¡qué culpa tengo yo de la basura que tenga la gente en su cabeza!” Si vas por la calle y te atracan, ¿es culpa tuya por haber provocado al ladrón o has sido víctima de un atraco?

Y empiezas a enlazar. ¿Te intentan violar por llevar minifalda? No, ibas en vaqueros, sin maquillar y con un jersey ancho hasta las rodillas. ¿Te acosa tu jefe porque tú le has provocado? No, tú llegabas tranquilamente a tu trabajo cada día y él te perseguía. ¿En el autobús te cogen el culo porque ibas con unos vaqueros apretados? ¿Quizás pusiste tú tu culo en las manos del acosador? ¿Te hacen proposiciones tus vecinos cuando te separas porque te has puesto el cartel de “disponible sedienta del barrio”? ¿O quizás es que usas un perfume que se llama “perra en celo” y que te vendieron por error en la perfumería? ¿Eres sexualmente insaciable por estar soltera? ¿Quieres acostarte con tus compañeros de trabajo porque sonríes al llegar a la oficina y das los buenos días? ¿Estás soltera no porque así lo deseas, sino porque nadie pasó por la estantería dónde estás expuesta y te rescató del olvido? ¿Tendrá fundamento esa pregunta de “qué falla en ti, por qué no tienes pareja”? Porque a nadie le entrará en la cabeza que es una opción personal de cada una como persona lo que haga con su sexualidad y con su vida. No. La sexualidad femenina siempre es de otros y no de una. O es de un hombre, dueño exclusivo de la misma o es de tu entorno, que se apropia de ella y se permite opinar y decidir por ti. Sí o sí, esperas a ser rescatada y no lo quieres reconocer, es lo que piensan todos y a veces alguno te dice. ¿Tu trabajo se hace solo cada día porque estás muy buena y esa es tu única misión en la vida, estar buena y ser objeto de disfrute de otros, aunque sea para verte pasear por su oficina? Y sigues pensando y pensando y sigues sin entender.

Y mientras, sigue pasando el tiempo y parece ser que vas siendo cada vez más puta. Y tú sin saberlo. Porque ser puta tiene efecto acumulativo, dejémoslo claro, debe ser como una mancha de chapapote que se extiende y te contamina y te va envolviendo y acabará por asfixiarte y arrastrar a los que te rodean a esa marea negra donde sucumbirán todos, pringados y asfixiados. Una muerte agónica. Porque, al igual que el chapapote, el ser puta se extiende y contamina, no te afecta sólo a ti, es extensible a todos los que te rodean, que acaban sufriendo la lacra de ese pecado capital ignominioso, negro como el alquitrán. Y sigues pensando. Y mientras piensas, parece ser que sigues siendo puta. Es algo irremediable. ¿A quién se lo ocurre seguir yendo por la vida con una sonrisa? Si encima, no te redimes echándote pareja, confirmas a espuertas lo reputísima que eres. Está muy claro. Eso sí, muy claro para los otros, porque tú, sigues sin entender nada. Y sigues pensando.

La vida sigue y sigues siendo amable. Lo tuyo no tiene cura, hija, vas de cabeza al purgatorio por puta. Con lo cual, harta de no entender nada y de ser siempre amable, empiezas a responder de vez en cuando como te da la gana, a mandar a la porra a compañeros, jefes y clientes, vecinos y hasta a tu madre (empeñada en que te busques de nuevo marido) y a todo el mundo en general, a decir sin tapujos lo que piensas cuando te apetece decirlo, dejas de pensar en ser amable e incluso aprendes a ser borde cuando te da la gana y, por obra de birlibirloque, sin que tenga ningún sentido, el mundo, de repente, se rinde a tus pies. Notas el trato de respeto por parte de tus clientes, compañeros y jefes y la emergente y creciente simpatía por parte de tus compañeras, vecinos, entorno inmediato… De repente, resulta que eres una gran profesional con gran talento. Una excelente persona. Todo el mundo habla bien de ti. Y tú, crees que te has caído de un guindo o que el mundo se ha vuelto loco, pues no entiendes nada. Y sigues pensando. Y te dices, no lo entiendo, toda la vida siendo encantadora y me iba como el culo y ahora, ahora que paso de convencionalismos, digo lo que pienso, lo suelto todo, educadamente o no tan educadamente, pero no me callo, ahora que no me importa agradar, no me importa el juicio de otros, las suelto y me quedo tan pancha, ahora, todo el mundo me adora y resulta que soy estupenda. Y sigues pensando. Y pensando. Y la frasecita vuelve, “puta o hija de puta”, “puta o hija de puta”… y empiezas a entender. Empiezas a entender que te estás volviendo lo que esa cabo llamaba “hija de puta” y con ello, vas dejando la estela de puta atrás.

Durante un año, hace muy poco, tuve que trabajar para un proyecto con un cliente fuerte de Italia, una de las empresas más grandes el país. Noté, no sin sorpresa y, diría, hasta con estupor, lo fácil que me resultaba cerrar acuerdos y conseguir una actitud de colaboración por parte de los italianos, amables ellos donde los hubiera. Uno podría caer en el tópico ya mencionado: mujer, soltera, relativamente joven y con cierto atractivo… Pero resulta que la mayoría de las negociaciones las hacía desde España y por teléfono y correo electrónico y pasaron unos meses antes de que fuera en persona por primera vez. Ciertamente, muchos italianos se toman muy a pecho lo del “latin lover”, es una cuestión de orgullo patrio y de no dejar al país en mal lugar. Sí o sí, tienen que intentarlo. No pueden tratar con una mujer y no intentar algo, por difícil que sea, pues sería el peor de los pecados, sería tachado de cobarde y, peor aún, podría ser tachado de “homosexual”. Intolerable (para el patriarcado homofóbico, la homosexualidad es prácticamente una enfermedad degenerativa y tan vergonzosa y pegajosa como el chapapote de la putez. Si ya se sabe, putas, maricones… maleantes varios, van todos en el mismo saco…)

Escuchas una vez tras otra el tópico de que las italianas son antipáticas y claro, piensas, “normal, pobres, si tienen que aguantar eso todos los días, que constantemente estén intentando algo con ellas…” No pueden ser amables, esto estimula al “latín lover” a intentarlo con más ahínco si cabe. Y de golpe, va y te viene de nuevo la frase de la cabo, “puta o hija de puta”. Y, para variar, te quedas pensando.

La supuesta antipatía de las italianas es un mecanismo de defensa brutal, supervivencia pura, contra la actitud pesada y hasta de acoso y derribo del “latin lover”. Que dicho sea de paso, no es extensible a la totalidad de los hombres italianos, igual que no lo es a la totalidad de hombres españoles, pese a que sea una tónica demasiado habitual todavía, desgraciadamente y tenga muchas ramificaciones actuales y presentes.

Y, aunque como dije una vez, nunca me han salido agujetas por pensar, lo cual es un extraño fenómeno, éste, es y ha sido, seguramente, uno de los temas en que más he pensado en mi vida y finalmente voy viendo la luz. Ya era hora, después de tanto pensar…

Leer a Paul Watzlawic en “El arte de amargarse la vida” (absolutamente recomendable para toda  la o el que tenga sentido del humor), ha sido una experiencia gratificante, enriquecedora y divertida. Su libro terminó de poner matices y palabras a ideas que ya estaban ahí. Que ya vivían, crecían, anidaban, se ramificaban, en mi mente. El capítulo de “Esos extranjeros mentecatos”, página 23, ilustra a la perfección todo lo expuesto.  Y es que, ciertamente, nuestra cultura latina es maravillosa para muchas cosas, pero tenemos interiorizada y normalizada una cultura del acoso, del abuso, de la violación, aunque a veces sea de forma muy sutil, de culpabilizar a la mujer, de ver matices sexuales siempre en la interacción entre hombres y mujeres, donde la mujer es una arpía provocadora de las pasiones en el hombre. Esto es fruto, seguramente, de la educación y tradición católicas, donde la represión sexual y la criminalización del sexo son un pilar básico, a partir del cual hemos desarrollado toda una compleja estructura de pensamiento, comportamientos, actitudes, prejuicios, etc. Donde la mujer con honra debe huir del sexo, poner límites constantemente al hombre y es la responsable última de todo el acontecimiento, su origen  y su desarrollo, pese a ser sujeto pasivo, más bien objeto pasivo, en esta película.

Mientras no resolvamos esta cultura patriarcal, mientras la amabilidad de una mujer sea interpretada como invitación sexual al hombre, como mensaje de disponibilidad sexual e incluso a veces, no haga falta ni siquiera ser amable para ser malinterpretada, las mujeres seguirán aprendiendo que ser antipáticas las protege. Que ser bordes y estúpidas es un método barrera eficaz y el mejor aislante contra el chapapote que te mancha de puta. Porque, no nos equivoquemos, digan lo que digan, las mujeres todavía seguimos siendo consideradas putas. Las mujeres aún hoy, debemos por tanto elegir entre ser putas o hijas de puta.

 

María Martínez de Carvajal R. C.

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3 pensamientos en “Puta o hijadeputa

  1. Cuanta verdad en tus palabras. U la verdad ed que la mejor opción para que el mundo nos respete es ser una hija de puta. Basta de hacerse las princesas. Total el príncipe es un tipo estúpido que solo verá un lindo envoltorio para usar y tirar. Encontré en tu Blog por fin algo coherente

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  2. Gracias Viki.

    Perdona que no te haya respondido antes, este blog no es mío, sólo compartí un par de cosas en él y no le hago seguimiento.

    Lo más triste sin embargo es que, años después de escribir ese artículo, sigo viéndome obligada a ser una “HIJA DE PUTA” para PROTEGERME del acoso y derribo sexual constante y de la tremenda presión social para que me convierta en encantadora, dulce y sumisa. Y lo más irónico es que el acoso y derribo sexual no es porque yo sea particularmente atractiva, sexy, guapa o cualquier otra idiotez de esas, sino por el simple hecho de que soy mujer y vivo con una sonrisa constante. Eso, para el universo machirulo cavernícola es sinónimo de “fácil” sexualmente hablando. Camino de los 50 sigo soportando las mismas mierdas que cuando tenía 13 años. Es evidente que el problema no soy yo, como no lo son todas y cada una de las mujeres que sufren lo mismo. Pienso seguir sonriendo igual porque me sale del ombligo.

    Fuerza a todas y a seguir.

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  3. Me ha encantado el artículo, está cargado de razón. Lo sufro todos los días en el trabajo. Siempre he sido una persona extrovertida, educada y risueña, y esto me ha costado muchos malentendidos, rumores y “acosos” en el trabajo.
    Estoy hasta el moño de estas situaciones y me niego a tener que cambiar mi forma de ser para hacerme respetar. Un tío extrovertido, educado y risueño es dios, una tía así es una puta. Y si no es así, es una borde “malfollá”.

    No voy a dejar de sonreir, pero cada vez paso menos por el aro y si tengo que meter una contestada o mala mirada, lo hago.

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